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Hoy damos paso a una colaboración que nos hace mucha ilusión. Anna Mas de  Creaduca nos ha preparado este artículo sobre cómo aprovechar el momento actual para poner la vida en el centro y la importancia de la gestión emocional en las aulas y en nuestras vidas personales. ¡Adelante!


Siempre he pensado que un buen punto de partida para educar y afrontar el día a día con un grupo de personas pueden ser nuestras propias carencias. Todas las tenemos, y con los años las vamos descubriendo, como si se tratara de un juego de pistas, cuáles son y qué herramientas tenemos a nuestro alcance para poder solucionar estas carencias y convertirlas en habilidades. Por mucho que nos engañemos, como adultos, la mayoría, son emocionales.

Cada día que pasa, todos los factores nos reafirman la importancia de la gestión emocional en la escuela. Para entender la importancia de la gestión emocional en las aulas nos hace falta ser conscientes cómo de importante es la escuela y, sobre todo, la gran necesidad que tenemos de convertir este espacio en un lugar de aprendizaje con la vida en el centro y no solo un espacio de conceptos académicos. Si yo aprendo a vivir de manera saludable física y emocionalmente, así como a relacionarme, resolver conflicots, pedir ayudar, etc. Mi aprendizaje será mucho más fluido. Parece que lo tenemos muy claro en un lugar de trabajo para adultos, ya que no nos gusta trabajar en un espacio que no nos haga felices o no se nos respete. Sin embargo, no lo tenemos tan claro en un espacio tan mágico como la escuela, donde los niños y niñas pasan muchas horas de su día.  

Este 2020 ha sido como si una piedra se colocase en el engranaje que hace girar todo el sistema y, de repente, se parase el mundo. No nos engañemos, también ha parado el sentido común, las almas, los latidos del corazón, el tacto,… Es más que evidente que tenemos muchas maneras de ver qué ha pasado y las opciones negativas solo nos traen consigo desánimo colectivo, frustración y una incertidumbre que poco está en nuestras manos resolver. Solo nos queda la actitud. 

En una calle sin salida lo mejor que podemos hacer es ver todo lo que está situación nos aporta y, para mi, uno de los grandes regalos es que tenemos la oportunidad de poner la vida en el centro en todos los espacios socioeducativos. 

Por fin se habla de emociones, de gestión individual y colectiva, de vínculos y de acompañamiento. Nos lo creamos o no, se habla. ¡Hagamoslo realidad! Nosotras a lo nuestro, a todo aquello que sabemos que es realmente importante para las personas con las que compartimos la vida y aprendizajes. 


Me gusta hablar de la gestión emocional como aquel acompañamiento, una ayuda asistencial y constante del niño o niña, que hacemos día a día con las personas que trabajamos, conjuntamente con un buen vocabulario emocional y una conciencia emocional saludable. Estas son las claves básicas para hacer una buena gestión de una misma y de todo aquello que nos rodea. 

Uno de los grandes mitos de la gestión emocional es que implica tiempo y, evidentemente no os diré que no, porque todos los aprendizajes implican tiempo, constancia y ganas, pero la clave está en priorizarlo. En otras palabras, quizás no tengo tiempo como docente para dedicar 1h seguida a la semana en la educación emocional de mi grupo, pero si que tengo 5 minutos para parar la actividad academica en medio de un conflicto y debatir en grupo cómo nos sentimos y cuál sería la mejor manera de resolver el conflicto de manera individual y colectiva. La educación emocional se trabaja de manera transversal. 

Si tenemos un espacio exclusivamente para trabajar este aspecto, ¡es genial! Sin embargo, si no lo tenemos, no nos puede servir de excusa para no abordar el tema. Es necesario que empecemos a interiorizarlo y sea una dinámica y una rutina diaria. 

La educación emocional es una inversión de futuro real. Un paso a paso en el camino, un conflicto bien resuelto, una emoción bien canalizada, un abrazo en un sitio y un momento indicado, una mirada de complicidad, un todo en general. Porque las emociones son vida y de estos debemos llenar la escuela, ¡de vida! 

De la misma manera que nosotras como adultas a veces no tenemos herramientas para gestionar nuestras propias vidas, o para acompañar a nuestro grupo en alguna cuestión concreta, esto nos implica que cogemos un libro, nos adentramos en las redes sociales o compartimos con alguna compañera cómo lo haría ella. De esta manera podemos ver que las familias estan, mayoritariamente, en la misma situación. Y por ello esta también es una oportunidad preciosa de generar escuela desde la misma escuela. Incluso es el momento de dejar el adultismo y el paternalismo de lado y permitirnos aprender de los y las niñas. Siempre es más enriquecedor un aprendizaje colaborativo que uno individual, ¿no? 

Podemos hacer cambios en nuestras rutinas diarias que sean totalmente significativos. Quizás alguna propuesta os parece del todo natural dentro de vuestro día a día, pero me parece esencial recordar que aquello que nosotras hacemos de manera cuotidiana, con facilidad y naturalidad no siempre es lo que hace la mayoría. 

En las aulas les enseñamos vocabulario emocional, pero nosotros somos el mejor referente para expresar si estamos tristes, cansados, enfadados, nerviososo…

Dediquemos cada día 5 minutos para preguntarles cómo estan, pero un cómo estan de verdad, permitiendo un espacio de conversa, respetando los ritmos y, sobre todo, con el derecho a decidir si quieren intervenir o no. Podemos empezar cada mañana con nosotras mismas: 

  • Hoy estoy cansada porque no he podido dormir. 
  • Hoy estoy contenta porque ayer vi a una amiga que hacia mucho tiempo que no veía y me sentí muy feliz. 

Podemos generar espacios donde todo el mundo pueda expresar su estado de ánimo. Las habilidades sociales se nutren a diferentes ritmos y son muy subjetivas. Podemos crear un panel de conciencia emocional donde cada día los y las alumnas expresen con imágenes su estado de ánimo. Es importante decidir una temporalización fija para valorar con el grupo e individualmente cómo nos hemos sentido durante el tiempo establecido. 

No clasifiquemos las emociones en buenas o malas. Las emociones nos ayuda a ser. Todas, absolutamente todas, nos aporta un aprendizaje. Acompañemonos en el dolor así como en la alegría. 

Priorizemos el bienestar emocional del grupo. Lo podemos hacer resolviendo los conflictos de manera colectiva o exponiendo cada día una situación en la cual ellos y ellas se puedan encontrar y la puedan resolver en grupo.

También podemos crear espacios de reflexión. Espacios donde sean bienvenicods todos los problemas y las angustias. Marquemos linías rojas de manera colectiva.

¿Qué cosas son las que no queremos vivir como grupo ni tampoco de manera individual? ¿Cómo lo podemos evitar? ¿Quién nos acompañará y nos dará apoyo si esto pasa?  Cuando las normas de convivencia estan basadas en lo que sentimos, además de en lo que hacemos y las deciden ellos y ellas, dejan de ser imposiciones. 

Por último, pase lo que pase, no dudemos que este es el camino. Reservemos las dudas para mejorar día a día, para la crítica constructiva, pero nunca para pensar que hemos escogido el camino incorrecto. El camino de la educación emocional solo puede estar lleno de amor, respeto, empatía y comunicación, y esta es la manera valiente que hemos escogido para caminar.